La dama de blanco. (I)

Se levantó en una sala sin salidas, una sala que parecía llevar siglos bajo el mar, mohosa, carcomida, destrozada. Se levantó sin mirar nada, sin ni siquiera preguntarse la razón. Se miró las manos, pálidas, esqueléticas. De píe sin la posibilidad de dar un paso, sin la posibilidad de entonar una palabra, reflexionó qué reflexionar ¿Era el fin? ¿Todo se había acabado para él?

¿Por qué?

Las lágrimas se acumulaban en sus pestañas pero no caían, lágrimas sin destinatario, lágrimas sin razón de ser. Una vida corta, ni siquiera intensa ¿Y ya ha llegado el final? En realidad, no le parecía tan mal, vivir una vida sin nadie, solo ¿Para qué? Ella se había ido, ella era toda su vida y ya no estaba, se había esfumado con su corazón y las manos ensangrentadas. Tal vez esas lágrimas fueran de alegría y no de desconsuelo por el final de una existencia vacua.

Siguió pensando que aún pensaba, siguió escribiendo en su cabeza falsas hazañas, siguió hablando para él sin darse cuenta de que la sala en la que se encontraba estaba cambiando. Las paredes se cubrían de papeles cereza y crema, el suelo volvía a su pasado y del techo aparecía una enorme lámpara, lámpara de araña, barroca, que iluminó toda la sala. Ahora era un salón de baile y él seguía pensando si en rendirse o pedir misericordia.

Si está aquí ¿Significa que hay un dios? ¿Que hay muchos? ¿Sería esto su infierno personal? Si era así resoplaría de descanso, no había un águila gigante comiéndole las entrañas, ni demonios que le torturarían hasta el momento mismo en el que el universo explotara. Estar encerrado en una sala, podía ser peor…

Cuando se quiso dar cuenta vestía un esmoquin de la mejor tela que se pudiera imaginar, sus manos esqueléticas se cubrían de unos finos guantes blancos. ¿Esto era estar muerto?

De la nada apareció una figura, pálida, de mejillas sonrosadas y ataviada con un vestido blanco, de corte fino a juego con sus cabellos. Sin dudar se acercó a él y le rozó la cara con sus suaves manos, dio una vuelta a su alrededor y se puso en posición de vals. De la nada afloraron corcheas, negras y redondas. Piano y mezzoforte, staccato y pizzicato, fusa y blanca, pasos perdidos por una pista de baile, los cuerpos unidos, entrelazados por notas, por violines, trombones y platillos. El viento, la cuerda y la percusión.

Y ahí seguía él, bailando con una joven desconocida, asombrado de su ignorado talento de bailarín.

Todo se borró de su cabeza con el crescendo, ya no creía estar en el infierno, si estaba en algún lado era en el cielo. Sus pies se movían solos y la joven no separaba la mirada, sonreía y le miraba, le miraba y sonreía.

El tiempo pasaba, rápido, pudieron ser horas, pudieron ser décadas, pudo ser solo un segundo eterno, pero él seguía con ese vals, sin preguntas en la cabeza, sin preocupaciones, sin lágrimas en las pestañas, lleno de vida. Sus oídos se llenaban de música, cada vez más acelerada, cada vez más enfática.

Ella parecía disfrutar, parecían enamorados gozando de una fiesta, dignos de ser filmados y que todo el mundo supiera del derroche de amor que hacían con cada compás. No querían parar, no querían terminar, no querían. Tomó un trago de aire y se preparó para soltar sus primeras palabras:

¿Quien es usted, dama de blanco?

Y la orquesta imaginaria paró y la sala volvió a envejecer. Ya no seguía el baile entre enamorados, ya no estaba esa sonrisa en la cara de la joven, ahora se encontraba seria. Bajó la mirada y le dio la espalda. Empezó a andar, arrastrando el precioso vestido que se teñía de negro a cada paso, que se destrozaba con cada lamento. Inmóvil sin saber que hacer veía como la joven se desvanecía, como la luz se apagaba, como todo se volvía oscuridad.

Y él ya no podía decir nada.

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Publicado por

vibilefleu

«Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia ni un solo instante, sin pintar si quiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto alguien o por vender con más facilidad.» -Gustave Coubert.

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