La deidad que nunca supo escuchar. (IV)

Se despertó de nuevo, fuera de su bosque imaginario, fuera de la tranquilidad encontrada por su mente. Se despertó de nuevo en esa vieja sala, aún más deteriorada de lo que la recordaba. Le despertó el agua que entraba a la sala por alguna parte, agua que hacía resonar aún más las gotas que caían. Se levantó libre, sin ataduras, sin memorias amargas, se encontraba listo para salir de esta estúpida sala, de este estúpido sueño.

Empezó a dar vueltas, rozando las paredes, pintando lineas invisibles con la punta de sus dedos. Buscaba una grieta, una abertura, un suspiro de aire, quería huir, quería salir, quería ser libre.

El tiempo pasaba rápido, los tics se esfumaban más rápidos que lo tacs y no encontraba nada, no encontraba salida, no encontraba escapatoria. Y todo esto acababa con su paciencia, a cada segundo andaba más rápido, daba vueltas más aceleradas en busca de algo que en el fondo sabía no existía. Los jadeos y las súplicas se mezclaban con golpes a las paredes, con arañazos llenos de furia, sus manos empezaban a llenarse de rojo, del rojo de su sangre. La desesperación le abrazaba y él la sentía, él sabia que ya se había acabado todo.

Soñaba con el bosque, con la tranquilidad, soñaba con verdes y marrones, azules y blancos, soñaba que soñar soñando era su única escapatoria. Tal vez huir sólo era posible mentalmente, tal vez no se podía huir físicamente, tal vez esto era algo parecido a un final.

A sus espaldas se formaban nubes de tormenta, que tornaban en forma humana, que observaban como las gotas de sangre se juntaban con el agua. Un dios nacido de la desesperación de un hombre que necesitaba ser libre. Un dios sordo, inmutable, frío.

Se mantenía sereno, tranquilo, tan solo observando como la desesperación abrazaba más y más fuerte al hombre, como sus dedos se rajaban con las astillas de la pared, como los rastros invisibles se tornaban sangre.

Las lágrimas empezaban a salir de sus ojos, las rodillas se hincaban en el suelo, las manos ardían.

Mientras, a su espalda seguía el dios, dios creado de la necesidad de un hombre, dios al que le era imposible ayudar a su creador. Solamente observaba, miraba sin cambiar el rostro, no escuchaba los llantos, no escuchaba el dolor.

Él seguía llorando, gritando, suplicando. Rezaba por la ayuda, pedía a su dios, dios creado, que le sacara, que no era necesario este castigo, que si algo había que entender ya lo había entendido.

Pero el dios no escuchaba, sólo pensaba en que siempre había existido, que nadie le había creado, que él era el dios. Él creó la vida, él creó el mundo, él hace que todo funcione. Es el dios, siempre estuvo ahí, lo sabe, claro que lo sabe. Inmerso en sus pensamientos se olvidaba de atender al que le pedía ayuda, se olvidaba de que la persona que rezó necesitando su ayuda, se perdió en montes de divagación divina, se perdió pensando en ser eterno, se olvidó de su comienzo.

De pronto el hombre gritó lleno de ira, lleno de dolor, lleno de amargura. Gritó que los dioses no existían, que ninguno vino a ayudarle, que todo era invención de los humanos. Gritó hasta dejarse la voz, harto de dioses, harto de sentimientos, harto de si mismo.

Y el dios se esfumó como una nube tras la tormenta, se esfumó pensando en que él era el creador, pero siempre fue la creación.

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Publicado por

vibilefleu

«Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia ni un solo instante, sin pintar si quiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto alguien o por vender con más facilidad.» -Gustave Coubert.

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