Te quiero a mi lado. (VII)

Encadenado para no poder huir, asfixiado por el hierro candente que recubre su garganta, los ojos morados de no parar de llorar, pálido como el más gris de los blancos. Prisionero de nuevo en esa sala, más prisionero que nunca, arrodillado por querer huir. Las cadenas son decenas de brazos muertos que agarran el cepo, brazos que llevárselo a lo más profundo quieren, que se pelean por agarrar un pellizco de la madera.

Vestido como un pordiosero, como un pirata justo antes de ser ahorcado, susurra palabras de lamento, ruegos de libertad, palabras de súplica. Las lágrimas se derraman por sus mejillas formando afluentes y deltas. No quiere seguir aquí, ya había perdido la esperanza demasiadas veces en este terrible lugar, ya no tenía fuerzas de recuperarla una vez más, ya sólo deseaba morir.

Desear morir sólo podía invocar a una persona, a la muerte.

Distinguió pasos de sus llantos, susurró una pregunta inaudible, alzó la cabeza y la vio, la dama de blanco, de pie enfrente de él, mirando con odio. Salieron lenguas muertas de su boca, idiomas perdidos en la corriente del tiempo y aún así sus palabras sonaban dulces, acarameladas.

Las palabras fluían por el aire enrarecido de la sala, se colaban en sus tímpanos y hacían golpear los martillos, y a cada pequeño golpecito en la membrana sentía más sueño y a cada palabra ilegible caía un poco más.

Dio un cabezazo más y abrió los ojos.

Era su habitación, por la ventana entraban finos hilos de sol, el té derramado sobre sus historias de caballeros y princesas, un olor agradable al otro lado de la puerta. Un sueño, una pesadilla, algo inexistente. Se lanzó a la puerta en cuanto comprendió que aún estaba vivo, que nada había pasado. Salió por el pasillo siguiendo el olor a desayuno, con una sonrisa de oreja a oreja, feliz sin saber muy bien por qué.

Eres mio.

Se paró en seco, creyendo haber oído una suave voz. Miró a todas partes y continuó, como si sólo hubiera sido una absurda imaginación. Llegó a la cocina y no encontró el olor, miró en el comedor y no encontró el olor.

Ven, ven mi amor.

Encontró una nota en la nevera, una frase incomprensible, signos y glifos.

Sintió un humo familiar, despreciable, oscuro. Se giró y encontró un rostro que eran muchos, una persona fumando con mirada asesina. Recordó en un grito ahogado quien era, recordó a su viejo amigo. Solamente un roce bastó para que todo se desmoronara, para que la oscuridad arrasara con todo, para regresar a esa sala infernal.

Igual que al principio no sintió nada, no tenia miedo, no sentía pánico, no notaba el latir del corazón. De pronto mil doscientos tres pensamientos llegaron a su cabeza, mil doscientas dos preguntas respondidas y una sola declaración de amor.

Muerte enamorada de un mortal, Muerte celosa enamorada de un mortal enamorado, Muerte furiosa matando sin poder matar. Pero ella no contaba con dos muertos, no contaba con la muerte de la amada, no contaba con la tristeza que sufrió al ver al que dejó atrás postrado sin vida en una cama de metal.

Ella entró en los reinos de Oscuridad y este, caprichoso, la devolvió a un lugar, la devolvió a una sala mohosa, carcomida y destrozada. Jugó hasta aburrirse viéndolos bailar en el fondo del mar, abrazándose repletos de amor.

Pero Muerte destrozó el romántico final, cual Romeo y Julieta amándose en el más allá.

En la sala apareció la dama de blanco, más bella que nunca y le propuso un trato: Él moría y se quedaba aquí, ella vivía, largo y feliz. No dudó un segundo y murió, cayó frió contra el suelo de madera y a la vez abrazaba a Muerte, gozosa en su éxito.

Ella se despertó en su habitación, por la ventana entraban finos hilos de sol, las sabanas la tapaban entera, la puerta abierta de par en par. Se levantó con una sensación extraña y caminó hacia la cocina. Encontró una nota:

Perdóname.

Y él se quedó bailando valses imaginarios junto a la dama más bella,

a la última dama,

a la que más amaba.

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Publicado por

vibilefleu

«Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia ni un solo instante, sin pintar si quiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto alguien o por vender con más facilidad.» -Gustave Coubert.

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