Dame cinco segundos…

No me pares si voy muy rápido porque hoy quiero sentir la velocidad, hoy quiero volver a ver esos ojos verdes que miré un día, quiero volver a sentir esos labios cálidos que besé un día, quiero volver a acariciar ese rostro pálido que rocé un día…

Me noto raro en mis botas, pesan más de la cuenta y estoy tragando demasiado agua ¿Por qué me has atado las manos? Ni que pudiera huir.

Cuando miro hacia arriba un destello de luz me ciega, miles de burbujas conocen la libertad, mientras yo conozco a una dama mas bella que tú, de corte blanco y zapatos de claqué. ¡Que mundo mas bonito si estoy a su lado, tan especial!… ¡Tan jodidamente especial!

Ella me mira y se ríe, quiere algo. Me mira y se ríe, quiere algo. Me mira… Me mira y me besa, me besa con su mirada, un minuto de una mirada inquietante, de esas que no puedes dejar de mirar con la boca abierta, que te lleva a un mundo al que no perteneces y lo piensas, pero ella sigue mirando y mirando y entre corcheas te dice que te quedes, que aquí no te sientes tan mal, que puedes apoyar la cabeza en sus piernas y puedes dejar que el tiempo pase… Calderón.

Y entra en escena un estruendo de guitarra, una negra con puntillo, un solo imposible, creado por un verdadero luthier del sonido y te das cuenta de que esa no es tu verdadera pareja de baile. La sueltas, te vas y la agarras.

Pelo corto, cara triste, un precioso vestido negro y esos zapatos rojos que tanto te gustan. La agarras, tú la miras fijamente y sueltas una proposición de manera interesante: “¡Bailemos…!”

Un tango triste, una balada de saxofón que cuenta tus penurias, propia del mismo B.B.King. Y sigues bailando con tu dama, elegante sin pendientes, las orejas vacías, pero tan distinguidas; como si portaran el mejor de los diamantes. Con un aroma único, que te llena, que reconoces en cualquier lugar.

Y seguís bailando en un triste salón vacío, con la música de una gramola que ya no funciona, con el sonido de un triste y polvoriento vinilo. Do, fa, la, mi, re, la, mi, fa… Silencio.

Y ella te sigue mirando, pero no ríe, está enfadada, eras suyo y no de esa niñata de pelo corto. Sigue sonando tu melodía triste y tú sigues bailando, cada vez más junto, cada vez más peligroso. Pero tu acompañante no ríe, te fijas en que sólo llora, porque nada le había salido bien y cuando de pronto algo le sale bien tú estas delirando en el agua, te crees un gran pez y suena el canon, ese que tanto os gusta, ella se va corriendo de la sala. La dama de corte blanco se levanta, se ríe y te dice: “¡La perdiste…!”

Tu traje ya no parece tan deslumbrante, tus ojos ya no tienen ese ritmo bebop, ya no tocas el viejo motown, se acabó la psicodelia y la dureza del hard-rock. Se acabaron las rápidas melodías del funk y la suavidad del piano. Tu salón se derrumba y la dama sigue riendo a ritmo de una música sin sentido, no puede parar de reírse y tú no puedes parar de hundirte, este barco se va a pique… Cambio de partitura.

Y ahora un jazz, lento, suena una batería con escobillas, un charles y la caja… Unos xilófonos llevan la melodía y una suave linea de bajo golpea a lo lejos. ¿Qué te voy a contar que no sepas?

Un tipo de traje de rayas, camisa granate, corbata negra y una gran sonrisa con un toque siniestro empieza a soltar un largo discurso sobre la vida, un monologo improvisado sobre tu más inminente final y algún que otro chascarrillo para amenizar la velada, se cree gracioso…

A escena saca a tu alma. Pálida, deshecha, helada y en sus últimos alientos, ya no es lo que era. Muchacho, estas acabado, como una liebre en una cacería, tienes pocas posibilidades de salvarte, pero ¡oye! “Se positivo, aún hay posibilidades de volver a verla.”

Tienes el ventanal al lado, quitas la cortina y ves que llueve, lluvia bíblica, de estas que sólo ves cada cataclismo. Asombrado de tu valentía sales a la calle a buscarla por túneles subespaciales, como si estuvieras en un videojuego… Y los videojuegos suelen tener finales felices.

Y al final silencio, mucho silencio…

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Publicado por

vibilefleu

«Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia ni un solo instante, sin pintar si quiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto alguien o por vender con más facilidad.» -Gustave Coubert.

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