Alegrías en las despedidas.

Te vas, me voy, nos vamos, huyendo hacia sueños incomprensibles para nuestros padres, cogiendo cincuenta y tres trenes para llenar al destino más lejano que escribimos en el mapa. No hay nada en lo que no crea cuando te miro a los ojos, cuando observo los grises reflejos que provocan mi alma, cuando sé que todo va a salir bien porque tú estás a mi lado.

Decididos a redescubrir el mundo, cada uno por su ruta, por caminos distanciados por las horas de ese reloj que me regalaste y que ya no funciona, distanciados sólo por la incapacidad de vernos, no de sentirnos. Visitar mundos comprimidos en pequeñas bolas de cristal en las que si las giras nieva y que si miras con detenimiento ves a sus gentes recorrer las calles, los edificios, disfrutar de esa nieve artificial provocado por el vuelco imperceptible que dimos con nuestras muñecas.

Una llamada al teléfono de la esquina justo cuando paso por ella, una risa, tu risa, una sola frase:

Nos vemos a mitad de camino.

Y salir disparado a recoger mis pocas pertenencias, entusiasmado como la primera vez que cogí un avión, eufórico de poder volver a verte. El destino me llama y la última parada es tu mirada. Corriendo como si llegara tarde por las calles de una ciudad que todavía no me conoce, que en otras condiciones lo hubiera hecho. Comprando un billete para el primer vuelo rumbo a mitad de camino.

Sabes que llegaré dos horas antes sólo para verte llegar a lo lejos y ver como amanece tu sonrisa, como sueltas las maletas y vienes a por mi. Me hago mis propias ilusiones mientras suena esa canción de Iggy Pop que tanto me define.

Esperando a mitad de camino.

Y cuando ya me he olvidado de como transcurre el tiempo apareces, con tus ojos con los mismos grises y ya está, ya me volví a olvidar de la realidad, ya vuelvo a pisar nubes y regalar soles. Quedamos a mitad de camino y aquí estamos, justo en el medio.

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Publicado por

vibilefleu

«Confío siempre ganarme la vida con mi arte sin tener que desviarme nunca de mis principios ni el grueso de un cabello, sin traicionar mi conciencia ni un solo instante, sin pintar si quiera lo que pueda abarcarse con una mano solo por darle gusto alguien o por vender con más facilidad.» -Gustave Coubert.

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