Te quiero a mi lado. (VII)

Encadenado para no poder huir, asfixiado por el hierro candente que recubre su garganta, los ojos morados de no parar de llorar, pálido como el más gris de los blancos. Prisionero de nuevo en esa sala, más prisionero que nunca, arrodillado por querer huir. Las cadenas son decenas de brazos muertos que agarran el cepo, brazos que llevárselo a lo más profundo quieren, que se pelean por agarrar un pellizco de la madera. Continúa leyendo Te quiero a mi lado. (VII)

Sus besos, su odio. (VI)

Cerró los ojos antes de tocar el techo y al abrirlos estaba en un mar inmenso. Él estaba justo en el centro de aquel mar. Se ahogaba, se le escapaban las últimas burbujas de oxígeno de su cuerpo, se apagaba en cada instante. Aceptaba su final una vez más, acabar con esto era su único pensamiento. El fin, el fin, el fin, el fin, el fin, el fin, … Continúa leyendo Sus besos, su odio. (VI)

Sálvame, por favor, déjame huir. (V)

Y la sala seguía llenándose, el agua ocupaba su espacio con un paso firme, fusa tras fusa. Teñida de rojo a su alrededor, disfrazada de salida, disfrazada de esperanza. Lágrimas imbuidas de melancolía, lágrimas por la amada que ahora le odia, por la amada que decidió abandonarle, lágrimas por no poder ir a por ella. Continúa leyendo Sálvame, por favor, déjame huir. (V)

La deidad que nunca supo escuchar. (IV)

Se despertó de nuevo, fuera de su bosque imaginario, fuera de la tranquilidad encontrada por su mente. Se despertó de nuevo en esa vieja sala, aún más deteriorada de lo que la recordaba. Le despertó el agua que entraba a la sala por alguna parte, agua que hacía resonar aún más las gotas que caían. Se levantó libre, sin ataduras, sin memorias amargas, se encontraba listo para salir de esta estúpida sala, de este estúpido sueño. Continúa leyendo La deidad que nunca supo escuchar. (IV)

Tú, yo y mil árboles. (III)

Do, do, mi, sol, sol, a piano sin piano. Abrir los ojos en un mar de dudas, sentir la suave brisa del verano acariciar tu rostro. Do, do, mi, sol, sol, a guitarra sin guitarra. Abrir los ojos bajo un árbol y sentirse en paz. Do, do, mi, sol, sol, a violín sin violín. Cerrar los ojos y olvidarse de todo. Continúa leyendo Tú, yo y mil árboles. (III)

Viejo amigo. (II)

La oscuridad se apoderaba de la sala, nada se podía ver. Sin poder moverse de nuevo pensaba, pensaba en el terror y en los monstruos que se esconden debajo de las camas. Temblaba de imaginar en qué podía haber en la oscuridad, no olvidaba a la muchacha ¿Por qué se fue? ¿Qué hizo? Continúa leyendo Viejo amigo. (II)

La dama de blanco. (I)

Se levantó en una sala sin salidas, una sala que parecía llevar siglos bajo el mar, mohosa, carcomida, destrozada. Se levantó sin mirar nada, sin ni siquiera preguntarse la razón. Se miró las manos, pálidas, esqueléticas. De píe sin la posibilidad de dar un paso, sin la posibilidad de entonar una palabra, reflexionó qué reflexionar ¿Era el fin? ¿Todo se había acabado para él?

¿Por qué? Continúa leyendo La dama de blanco. (I)